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Quizá fue el vértigo. O la estupidez. O la simple ceguera. O el miedo tal vez. El caso es que la Academia optó por negarse la posibilidad de la gloria. Aunque duela, aunque metiera a Hollywood en el más difícil, por inédito, de los atolladeros. Con todos los premios importantes concedidos, se trataba de saber únicamente si se premiaba a la mejor película de año, la obra maestra que marcara la temporada y hasta la década, y si con semejante decisión, a la vez justa y evidente, el cine americano tal como lo hemos conocido hasta ahora se asomaba a su propio abismo; a su futuro que es ya su presente. En efecto, si ganaba Roma, de ella hablamos, no sólo se encumbraba a la primera película en lengua no inglesa en ganar el Oscar mayor, sino que se daba carta de validez a la gran maquinaria puesta en funcionamiento por Netflix. Y aquí, los problemas.

Pues bien, Julia Roberts abrió el sobre y de la boca mejor perfilada de Hollywood salió lo que nunca tendría que haber salido: Green book, que no Roma. Frente al riesgo y la certeza de hacer Historia (con H mayúscula) se elegían las maneras, de puro amables, solamente simples de un relato pensado para los buenos sentimientos. Y para el olvido. De eso trata una película tan perfectamente predecible como fácil. Funcional. Eso es el relato interracial del músico negro Don Shirley (Mahershala Ali) y su chófer italiano (Viggo Mortensen). Todo bien, nada excepcional. Nada más.

La edición 91 de los Oscar podría haber presumido de poner el marcador a cero. De eso y de lanzar al aire varias preguntas de contestación ligeramente impúdica. E incómoda. Las interrogaciones siguen ahí. Pero harían más daño con Romaelevada a paradigma único. ¿Con qué argumento prohibirá Cannes, el festival que determina el patrón oro del cine de autor, a las películas con el sello Netflix como hizo el año pasado? ¿Tendrá sentido seguir obligando a las producciones a tener un estreno comercial en los cines cuando la mayor parte del público (y la propia Academia) parece haber dejado de tener a la sala como referente? ¿Cómo contraatacarán los canales de televisión de Disney y Warner a punto de estrenarse en la parrilla? Y una más: refutados los canales habituales por los que una película adquiere hasta ahora asuntos tales como prestigio o reconocimiento crítico, ¿se encargará un algoritmo de determinar las nominaciones de ahora en adelante? Y si es así, ¿se ocupara ese mismo algoritmo de decidir quién presenta los Oscar de ahora en adelante?